—No, señora; lo tenemos por un absolutista.
—Sabrás—dijo la infanta—que en Cataluña se está formando un partido numeroso contra Zea para derribarlo del Poder y establecer una Regencia que gobierne la monarquía durante la menor edad de mi sobrina Isabel. ¿Tus amigos de Barcelona piensan secundar este plan?
—Señora: mis amigos de Barcelona se han organizado y preparado para desbaratar las intrigas carlistas. No creo que entre ellos haya nadie que intente trabajar en favor de una Regencia.
—Pues, no lo dudes—replicó la infanta con viveza—; tus amigos serán acaso los primeros en proclamarla.
Después hablaron en voz baja y no llegó hasta mí su conversación. Luego oí de nuevo que decía la infanta:
—Nosotros desearíamos que pasases a Barcelona y con tu influencia activaras los planes y deseos de aquellas gentes, y que la cosa se hiciese sin mucho ruido ni efusión de sangre.
—Doy a Vuestra Alteza las gracias—contestó Aviraneta—por la confianza que tiene en mí; pero debo manifestarle que estoy unido con otras personas y que tengo que consultar con ellas.
—Nos despedimos de los infantes—concluyó diciendo García Alonso—, bajamos a la plaza de Oriente, tomamos la berlina y le dejé a Aviraneta en la Puerta del Sol.
—¿Y eso ha sido todo?