Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galería, desde donde se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montañas azules del Guadarrama.
El joven de aire macilento mejoró pronto en la Casa del Jardín.
Al principio se pasaba allí todo el día contemplando el paisaje: el Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a secar, que resplandecían al sol; la vega verde de los Carabancheles y de Getafe, el Palacio Real, que parecía de mármol al anochecer, y las notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepúsculo. El enfermo, cuando se puso bueno, comenzó a pasear y a montar a caballo.
Al principio iba únicamente a verle un cura joven y tenían los dos largas conversaciones.
Poco después comenzó a visitar al joven otro señor que aparecía muy de tarde en tarde. Cuando llegaba éste, el joven y el cura esperaban, se encerraban los tres y charlaban largo rato.
IV.
LA PROTECCIÓN DEL CURA MANSILLA
Don Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en París desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, había dado varios escándalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y viéndose en posición difícil se escapó a París.
Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.