Sabía el latín a la perfección y se había especializado en la casuística. El estudio de la moral le había desmoralizado y conducido a mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesuítas del siglo xvi y xvii.
Mansilla detuvo sus análisis y sus críticas ante los dogmas de la religión, comprendiendo que si interiormente los deshacía, se encontraría sin ningún punto de apoyo en la vida práctica y en la vida del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no podía convenir.
Mansilla, al llegar a París, frecuentó los centros absolutistas y entró poco después de capellán en una casa del Faubourg Saint-Germain y alternó con lo más rancio y lo más decorativo de la nobleza francesa. El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por dentro liberal exaltado.
El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tenía apenas medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra iba a visitar a los conocidos españoles para hablar con ellos y tener noticias de España.
En 1832, un día de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven español, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del Dragón. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida borrascosa había caído enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experimentó por el joven casi agonizante un impulso de simpatía, y decidió atenderle hasta su muerte o hasta su curación.
En la casa aristocrática donde estaba habló de su proyecto, que se tomó como una manifestación de la piedad cristiana del abate, y se permitió que se ausentara días y noches para cuidar del joven español. Jorge Tilly salió de la fiebre tifoidea; pero quedó después de la enfermedad sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.
Cuando Tilly comenzó a levantarse, el abate y él hablaron largo tiempo, se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas, y después de una serie de explicaciones, se juraron simultáneamente un pacto de amistad y de ayuda recíproca. Ambos se hallaban cansados de la vida del extranjero y convencidos de que únicamente en el propio país se puede prosperar.
Decidieron con este pensamiento trasladarse a España. La dificultad era la falta de dinero.
Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y estudiaron varios proyectos. El punto de mira fué Madrid. Tilly tenía las notas de dos mujeres que habían servido a la policía y se las prestó a Mansilla.
Mansilla las estudió, las extractó y creyó que eran aprovechables.