A las ocho llegó la diligencia. Luna la mandó parar, habló con el mayoral e hizo que el desterrado subiese al coche.
—Bueno. ¡Adiós, señor Luna! ¡Adiós, don Venancio!—dijo alegremente Aviraneta.
Partió el coche, y el comisario y Chamizo volvieron a Madrid en su calesa. El comisario preguntó al ex claustrado de qué le conocía a Aviraneta, y éste se lo dijo. El, a su vez, le interrogó al policía acerca de la Sociedad de los Isabelinos. ¿Creía que era realmente una Sociedad fuerte? ¿Había, en realidad, muchos afiliados?
Luna contestó con vaguedades y circunloquios. Creía que la Isabelina era una Sociedad política, de la que saldrían probablemente ministros y diputados.
Cuando Chamizo le habló de la Junta del Triple Sello, se rió. Dijo que la masonería estaba sin fuerzas; que la Sociedad de los comuneros se hallaba extinguida, y que, sumados todos los carbonarios que había en Madrid, no llegarían a tres.
—Encuentro que tienen ustedes bastante suavidad con los conspiradores—le dijo después Chamizo.
—¿Qué quiere usted?—repuso Luna con cierta sorna—. Los conspiradores son un elemento de éxito para los políticos. Así, de cuando en cuando, pueden nuestros ministros salvar a la Humanidad.
Llegaron a Madrid y Chamizo se despidió del comisario Luna.