Desayunaron los tres con apetito. La hija del dueño del ventorro era una moza muy guapa, pero muy bravía, y Aviraneta y Luna la dirigieron algunos requiebros, a los que ella contestó con mucho desgarro.

—¿No podríamos saber cómo se llama usted, niña?—la dijo Aviraneta.

—¿Para qué?—contestó ella.

—Para guardar su nombre en el corazón.

—¡Bah! No vale la pena.

—Para usted no valdrá la pena; para mí, sí.

—¿No es usted el que se tiene que marchar en la diligencia?

—Sí; porque me obligan; pero a la vuelta...

—A la vuelta lo venden tinto—dijo la muchacha volviendo la espalda.