—Le hubiéramos atao al comisario y hubiéramos dejao libre a don Eugenio. Nosotros las gastamos así.

—¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?

—Yo soy Candelas, y ese que está ahí delante es Balseiro. No le quiero molestar a usted más, cabayero. Me najo. ¡Muchachos, en marcha. Y sonsoniche, amigo.

Y el ladrón le hizo una mueca amistosa y un guiño expresivo.

Estaba Chamizo todavía absorto, cuando Candelas y Balseiro desaparecieron. Subió al cuarto que le habían destinado, y al ir a dar las buenas noches a Aviraneta y al comisario, entró un guardia con un pliego para Luna. Lo abrió éste y lo leyó. Se le decía que al día siguiente, al amanecer, se le condujera a Aviraneta por las rondas a la Puerta de Hierro, que allí esperase la salida de la diligencia para Valladolid, que pasaría a las ocho de la mañana. En la diligencia habría un asiento de interior costeado por el Gobierno.

Se le metería a Aviraneta en el coche, entregándole un pasaporte para Santiago de Compostela, y se encargaría al mayoral que no permitiese la salida del desterrado hasta llegar a Valladolid.

—Está usted como en libertad—dijo Luna—; nadie le impide a usted volver de Valladolid a Madrid.

Durmió cada cual en su cuarto y por la mañana dejaron el mesón del Cuco. En una calesa fueron por el paseo de los Melancólicos y la Florida hasta la Puerta de Hierro. Llegaron a las siete, una hora antes de la diligencia, y tuvieron que esperar el paso del coche.

Entraron en un ventorrillo, el ventorro del Sordo dijo el comisario Luna que se llamaba. Este ventorrillo tenía un tinglado con buñolería, que en aquel momento estaba rebosando gente: hueveros, lecheros, vendedores de caza y verduleros que tomaban el desayuno con buñuelos o churros y se preparaban a entrar en Madrid.

Se sentaron en el ventorro al lado de una ventana; pidió Luna chocolate, y trajeron tazas limpias con bizcochos y buñuelos, y vasos de agua con azucarillo.