—Sí, señor. ¿Ha comido usted?
—No.
—Bueno; pues vamos a comer. Luego hemos de pensar en buscar una casa tranquila donde yo pueda esconderme.
Se puso la mesa en la trastienda y se esperó a que trajeran la comida, que encargaron al café de San Vicente, de la calle de Barrionuevo.
La tienda de la Lagarta era buena y estaba muy repleta de cosas de valor. Había muebles antiguos, armas de todas clases, espadas, trabucos, estampas de colores, grandes manojos de llaves, montones de baúles, jarras de cobre, libros de coro, ropas, bordados, cacharros de Talavera y chinos de porcelana, de los que mueven la cabeza. Había también varios relojes Imperio con damas, marineros y perros de latón dorado, dentro de fanales. Lo mejor de toda la tienda, según la Lagarta, y lo que le parecía más desagradable a Chamizo, fué una cabeza de Cristo, con pelo de verdad, que estaba guardada en una caja de cristal y colocada sobre un armario. Parecía una cabeza de muerto.
Concha la Lagarta era una mujer bajita, morena, con el pelo negro y la cara adornada con rizos, sortijillas y lunares. Hubiera tenido gracia, a no ser por su aire agresivo y displicente, que a Chamizo le disgustó en extremo, y por su manera de hablar dura y desgarrada.
La Lagarta tenía una criada y un empleado que iba a comprar en las casas y que vestía como un señor, un hombre de unos cincuenta años, flaco, seco, de bigote gris, a quien trataba muy ásperamente.
Mandó la Lagarta a su empleado que estuviera en la tienda mientras ella comía, y el señor se sentó en una silla y se embozó en la capa, porque hacía frío.
Trajeron la comida y se sentaron la Lagarta y los tres hombres. La señora Ramona servía la mesa. Se discutió de política. Concha era liberal exaltada, partidaria de la degollina de los frailes y de los carlistas. La señora Ramona, su criada, le atajaba diciendo:
—Calla, calla, que no sabes lo que te dices. Cuanto menos jaleos, mejor; lo que es necesario es que todo el mundo viva en paz.