Después de comer se habló del sitio donde podría esconderse Aviraneta, y la señora Ramona dijo que conocía una casa de la calle de Embajadores donde vivía un militar que había estado en América, al que llamaban el Aguilucho.

—El Ayacucho—dijo Nogueras.

—Eso es.

—¿Y va usted a ir así con ese traje de aldeano de teatro, tan nuevo?—preguntó Chamizo—. Le van a conocer que está usted disfrazado.

—Tiene usted razón—murmuró Aviraneta—, y en ningún lado mejor que aquí para disfrazarse.

—¿Quiere usted un traje de cura, don Eugenio?—preguntó la Lagarta.

—Venga.

La Lagarta tomó una horquilla y descolgó de una percha unos hábitos. Aviraneta, con cierta protesta de Chamizo, se vistió de sotana, se echó encima el manteo, se colocó la teja, y estaba tan en carácter, que el mismo Chamizo reconoció que no podía estar mejor.

Se mandó traer un calesín de la plaza de la Cebada, y Chamizo le acompañó a Aviraneta a su nuevo domicilio.