A los cuatro o cinco días le encontró éste a Nogueras.

—¿Qué hay de don Eugenio?—le preguntó—. ¿Sigue en su rincón?

—¡Ca, hombre! Le han pasado grandes peripecias.

—¿Pues? ¿Qué le ha pasado?

—Al día siguiente de llegar a la calle de Embajadores se encuentra con la policía en la casa. Iban a prender a un ayacucho que parece que es un truhán. Se meten de noche en el cuarto de don Eugenio mientras está en la cama, y le dicen:

—No tenga usted miedo, caballero. Contra usted no va nada. Vamos a prender al pillastre que vive aquí al lado.

Aviraneta oye la voz del comisario Luna, que grita:

—Que nadie salga de casa.

Aviraneta piensa con rabia que Luna se va a reír de él y se le ocurre un disparate mayúsculo. Se viste con sus hábitos, coge su maleta, abre la ventana, y por una viga a la altura de un cuarto piso cruza un patio; se encuentra al final un balcón abierto, lo salta y se ve en una casa desconocida y cerrada. Don Eugenio debió pasar unas horas muy malas. Por la mañana intenta salir y se tropieza con una señora que le dice: «No es aquí, padre. Es arriba». Sin duda, en el piso de arriba había un enfermo grave. Aviraneta baja corriendo las escaleras y se presenta en mi casa.

—Y ahora, ¿dónde está?—preguntó Chamizo.