—¿Y usted conoce a Celia desde hace tiempo?—preguntó Aviraneta a la hermana de Tilly.
—Desde la infancia. Celia es hija de un diplomático del tiempo de José Bonaparte y Fernando VII. Su padre era un realista. Celia se educó conmigo en París, en un colegio. Era entonces una chica muy religiosa: había tratado vendeanos y chuanes. Cuando yo la conocí tenía el culto de Juana de Arco y María Antonieta. El pensar en el niño del Temple le hacía llorar a lágrima viva. Morir por el Papa y por el Rey era su sueño dorado. Luchar contra los impíos hubiera sido su gloria. De niña, Celia, muy bonita, muy mimada, muy animosa, tomó parte en conciliábulos realistas. Las monjas exaltaron en nosotras el misticismo y el sentimiento monárquico. Cuando la intervención del duque de Angulema, Celia bordó una bandera para los Dragones de la Fe, con unas flores de lis. Celia era muy inteligente y ganaba los premios en todas las clases. A los diez y seis años, cuando yo tenía ocho, su padre la sacó del colegio. Tiempo después la volví a ver; había tenido unos amores desgraciados con un joven e iba a casarse con el que es ahora su marido. Entonces había cambiado de ideas: era poetisa, escribía versos y aprendía a tocar el arpa. Ahora la veo en compañía de usted, metida a liberal y no sé si a carbonaria.
—Es una mujer interesante y de talento. No cabe duda—dijo Aviraneta.
—Este mundo frío y algo monótono en que vivimos todos, ella lo desprecia profundamente—agregó Margarita.
—Por eso me es a mí simpática—dijo Tilly—. Ese desprecio por la vulgaridad corriente está muy bien.
—No comprende mi pobre Celia—siguió diciendo Margarita—que esas cosas que ella desdeña son las más esenciales, y para la mayoría de las mujeres el hacer todos los días lo mismo tiene grandes encantos. Ella aspira a las cosas extraordinarias y le gustaría vivir en heroína; yo creo que sería capaz de subir al patíbulo con valor.
—¡Y yo que suponía que la candidata a heroína era usted!—exclamó Aviraneta.
—¡Y lo dice como quien hace un reproche!—saltó Margarita riendo.
—Y tiene razón—dijo Tilly.
—Sí; yo parecía de soltera un poco loca—añadió Margarita—; pero mi afición ha sido la casa. La vida, un poco rara, que había hecho me había dado unos gustos aparatosos; pero mis inclinaciones eran otras.