—Es que algunos dicen que ya los va usted aceptando—repuso con malicia la camarista—, y que usted y el secretario de lord Villiers son rivales.
—Pues se engañan los que eso dicen—contestó Tilly—. Entre Celia y yo no hay mas que una buena amistad; yo le comprendo a ella y ella me comprende a mí. Aquí don Eugenio es también amigo suyo.
—Entre nosotros hay siempre cierta reserva—repuso Aviraneta—. Entre usted y ella, no.
—Pues nos miramos más como dos hermanos que como un hombre y una mujer que pueden ser por cualquier contingencia amantes—repuso Tilly.
—Ahora sí, porque está usted muy flaco—dijo Aviraneta, sarcásticamente—; más adelante ya veremos.
—Ya está con su materialismo terrible don Eugenio—exclamó Margarita.
—Yo creo que no hay que hacer mucho caso de Jorge—replicó Blanca—. Es un jesuíta, hipocritón, quiere despistarnos.
—¡Ca! Si mi hermano está ahora enamorado—dijo Margarita—de una chica modosita, un poco pava...
—¡Ah! Claro. Es el tipo que les gusta a los calaveras arrepentidos—saltó Blanca.
Tilly se encogió de hombros.