En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida espléndida de paseos, de fiestas. Era el caballero servente de la embajadora, honorario, porque no pasaba de ahí.

Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha soltera. Tenía los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy humanos, y el pelo, castaño; no había en ella ninguna solemnidad en sus actitudes; siempre se manifestaba natural y espontánea.

Celia conquistaba a la gente; tenía una voz que no era de timbre claro, pero que cautivaba por su acento de simpatía. Los que la conocían la reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres días oírla decir de la misma:

—¡Qué tipo más fastidioso, más pesado!

No recordaba que muchas veces era ella la que había rogado al importuno que fuera a su casa.

Al llegar a España, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante. En Madrid fué ascendido y destinado al Ministerio de Estado.

Paquito Gamboa, mientras vivió en el extranjero, no sintió con tanta fuerza como en España la situación falsa en que se encontraba con respecto a Celia; aquí, un tanto humillado, quiso aclarar la situación. Celia intentó tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle; Gamboa se convenció; pero cuando cayó en la cuenta de que ella jugaba con él, su amor propio ofendido se exacerbó, le entró una profunda cólera y decidió romper de cualquier manera con Celia.


III.
LA SOBRINA DE DON NARCISO