Un día don Narciso Ruiz de Heredia recibió una carta anónima. En ella le decían que su mujer era la amante de su sobrino Paquito Gamboa y que la correspondencia de éste la guardaba Celia en un vargueño de la sala. Don Narciso registró el vargueño y no encontró nada, pero este resultado no le tranquilizó; por el contrario, pensando y pensando en lo mismo llegó a creer que lo que le denunciaban era verdad.
Don Narciso estaba enfermo y no tenía energías para provocar una explicación categórica con su mujer; lo que hizo fué vigilarla y prepararle celadas para ver si la descubría.
Poco después comenzó a tranquilizarse, y comprendió que si había simpatía entre los dos, no habían llegado al capítulo de las realidades. Entonces emprendió la tarea de alejar a su sobrino de su lado.
No quería reñir con Celia, pues si lo hacía no iba a tener quien le cuidase; constantemente la pedía que no se apartase de su lado y que le leyera algo.
Celia atendía a su marido; pero como no tenía una naturaleza fuerte, pronto comenzó ella a languidecer y a ponerse enferma.
Había días en que estaba desencajada, nerviosa, impertinente; en que se le ponía la cara roja por las malas digestiones y padecía grandes jaquecas.
En vista del estado lánguido de Celia, don Narciso dijo que se podía hacer venir una sobrina lejana suya, de Burgos, para que les cuidara a los dos. Celia aceptó la entrada en su casa de una mujer joven, no sin cierta preocupación.
Pilar Heredia, la sobrina de su marido, se presentó unos días después en casa. Era una muchacha servicial, simpática, sin ninguna pretensión de superioridad, incansable en su cargo de enfermera.
Los caracteres de Celia y Pilar contrastaban fuertemente.
Celia era distinguida, aristocrática, amable con todo el mundo, pero con un fondo de desdén. Pilar, popular, franca, nada aristocrática. No podía llamársele bonita, pero sí fresca y sana; tenía la cara un poco basta, vulgar; los ojos, negros.