—Yo, en casa. El Gobierno ha lanzado a la calle una nube de polizontes que espían por todas partes, y hay que ocultarse.
—Creo que hace usted bien.
—Se dice que sus amigos de usted, los cristinos, se ponen contra Martínez de la Rosa.
—Sí—contestó riendo Tilly—. Rosita, la pastelera, parece que ha jugado una mala pasada al partido. Se dice que a Donoso Cortés y a los Carrascos les ha cerrado la puerta de la cámara de la reina.
—¡Cómo estarán!
—Bufando. Dispuestos a echarse a la calle. Parece que vamos a tener jaleo.
—Sí, yo también lo sospecho; por eso quiero que me guarde usted esos documentos. Me temo que estos días me prendan. Si me prendieran, yo le avisaré para que publique usted en Francia, si no es posible en España, algunos de ellos. No los pierda usted. Póngalos en sitio seguro; en ello está mi defensa.
—No tenga usted cuidado.
—¿Dónde los va usted a guardar?
—Lo estudiaré. En esa Casa del Jardín no me parece conveniente. Ya debe haber alguien que sepa nuestra amistad.