—Sí, sí; la cara de este joven no es de las que se olvidan.
Tilly se inclinó sonriente.
—¿Cuándo va usted a ir a casa de doña Nacimiento?—preguntó Aviraneta.
—Cuando usted quiera. Si quiere usted, mañana mismo.
—Bueno; me parece bien.
Se marchó la antigua patrona de Aviraneta, y quedaron solos éste y Tilly.
—¿Qué hace Mansilla?—preguntó Aviraneta.
—Parece que le dan un alto cargo en el Tribunal de la Rota, y cuando haya vacante le hacen obispo.
—¡Diablo! El número Dos marcha viento en popa. ¿Y usted?
—A mí me quieren enviar de secretario a la Embajada de Viena; pero yo prefiero quedarme aquí y ver de ser diputado. ¿Usted qué hace?