—¡Si no fuera mas que eso!—dijo otro miliciano.
—¿Pues? ¿Hay algo más?
—Que están echando cosas malas en el agua.
—¡Bah!
—Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.
Chamizo quedó horrorizado con la noticia.
—¡Qué absurdos se pueden creer—pensó—cuando se tiene la idea de la propia inferioridad, como la tiene el pueblo! ¿Para qué va nadie a envenenar las fuentes? ¿Qué objeto se puede tener para matar a los demás? ¡Qué locura! ¡Qué absurdo!
Empujado por los curiosos avanzó Chamizo por la calle de Toledo abajo. Subieron en dirección contraria un grupo de hombres, mujeres y chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras hurañas, gente frenética, gritando, con espuma en la boca. Entre ellos iban busconas pintarrajeadas y dueñas de las mancebías con sacos llenos de botín. Algunos hombres iban armados con fusiles, con la bayoneta calada; otros, con navajas, palos y martillos, y a manera de trofeo arrastraban ornamentos de iglesia. Al frente marchaba un hombre joven, fuerte, rojo, con la melena encrespada, sudoroso, manchado de sangre, con una pistola en la mano. Tenía algo de lobo.
Uno de los del tropel era Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero, y llevaba con aire de fiera una bayoneta atada a un palo.