En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios había un montón de ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el Colegio de San Isidro, todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacían la guardia como si su única misión fuera vigilar estos objetos, y mientrastanto se seguía asesinando y se arrojaban desde las ventanas una porción de cosas a la calle y se les pegaba fuego, con gran algazara y aplausos.
Al poco rato apareció el joven fuerte, rojo, a gritar, a dar órdenes.
—¿Quién es?—preguntó Chamizo.
No le conocía nadie.
A la puerta de la prendería de la calle de los Estudios estaba Concha la Lagarta en medio de un grupo de gente.
—Han hecho bien—gritaba con voz aguda—; que los maten a todos. ¡Canallas! ¡Envenenadores! No se debía dejar uno vivo. Por ellos pasa lo que está pasando; por ellos está toda España llena de carlistas. Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los frailes no habrá aquí paz.
Chamizo la oía absorto. La criada de la Lagarta, la señora Ramona, se acercó al ex fraile.
—¿Ve usted esa fiera? Está como loca. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas tenemos que ver!
La señora Ramona le dijo a Chamizo que en los claustros de San Isidro había frailes muertos, asesinados, en las más extrañas posturas.