La gente no manifestaba la menor compasión. Días antes se confesarían con ellos como buenos católicos; días después se arrodillarían ante una procesión. En aquel momento los mataban sin piedad. Setenta y tantos habían degollado. Así es el pueblo, cruel y tornadizo como un niño.
Al anochecer vió Chamizo que entraba un carro en el portal del colegio; según dijeron las gentes lo iban a llenar de cadáveres de frailes.
Al aparecer la carreta de nuevo y ponerse en marcha, la multitud se puso a aullar y a bailar alrededor, gritando con furia: «¡Mueran los frailes!»
Allí también andaba el hombre rojo de la melena encrespada, con su pistola en la mano y su aire de matón fiero.
Chamizo vió o creyó ver una mano de un muerto que salía del carro.
El ex claustrado estaba completamente trastornado. Subió la calle de Toledo y tomó por la Concepción Jerónima. Unos chicos habían hecho un monigote de paja, y, después de envolverle con un hábito de fraile, lo arrastraban por el suelo cantando el Himno de Riego. Unas busconas, con antorchas encendidas, les precedían.
Como la marea que entra en la ría fangosa y empuja a la superficie todos los detritos podridos, los perros y los gatos muertos con el vientre inflado, así estas aguas, desbordadas del odio popular, habían sacado a flote lo más pobre, lo más mísero y lo más encanallado de la urbe.
—¿De dónde procedía tanto furor?—se preguntaba Chamizo—. ¿No era esta gente en su mayoría creyente? ¿Tenían alguna idea? Ninguna. Su plan era matar, destruír, quemar, por rabia, por desesperación. En estos momentos de tumulto, de confusión, de histeria sanguinaria, ¿quién es de los que van entre la masa que tiene conciencia?
Le hubiera gustado al ex claustrado hablar con alguno. Entró en el café de la Fontana de Oro. Allí los oradores peroraban; a cada paso llegaban chiquillos andrajosos, señoritos pálidos, elegantes, manchados de sangre, y se les aplaudía y se les estrechaba la mano dándoles la enhorabuena.