La noche fué horrorosa de calor, de inquietud. Se oyeron campanas, tiros, gritos y quejas en la vecindad... Chamizo no pudo conciliar el sueño. Aquellos fantasmas hórridos vistos en el día bailaban una terrible zarabanda ante sus ojos, y el hombre con su melena roja encrespada, su aire de mastín y su pistola en la mano, se le presentaba a cada paso y hasta le parecía que le estaba oyendo hablar.


III.
LA ACUSACIÓN DEL JESUÍTA

Al día siguiente se hallaba don Venancio tan rendido, que decidió quedarse en la cama.

Una semana después, estaba por la mañana dormitando cuando oyó que entraba alguien en su cuarto.

—¿Quién es?—preguntó.

—Soy yo.

Era el jesuíta, el padre Jacinto, que al principio de su estancia en Madrid iba a visitarle con frecuencia. Venía vestido de paisano.

Sin más preámbulos comenzó a perorar y a decirle que la horrible matanza de los días anteriores se había verificado por su culpa.