—¿Cómo por mi culpa?—dijo Chamizo—. ¡Usted está loco!

—Sí; por su culpa. Porque usted conocía a los criminales que han dirigido este complot horroroso y estaba usted obligado a vigilarles. Sobre su cabeza caerán estos crímenes abominables.

El jesuíta hablaba descompuesto. La serenidad de Chamizo le tranquilizó. Le dijo éste que no creía que fuera verdad que sus amigos antiguos hubieran ordenado la matanza, y expuso sus razones. Aunque así fuera, él no podía conocer los designios de los liberales, porque hacía mucho tiempo que no se trataba con ellos.

El padre Jacinto afirmó que sí, que eran los isabelinos y los carbonarios los inductores de la matanza, y que él tenía la prueba, por la confesión de un nacional. Se sabía, además, que algunas personas se habían dirigido al Ministerio de la Gobernación y avisado al capitán Narváez, que estaba de guardia, lo que pasaba en los conventos, y Narváez había dicho:

—Mientras no me manden, no voy.

—Es que los están matando—le replicaron.

—Pues que los maten; por mí pueden no dejar uno.

Otros militares isabelinos habían tenido, según el jesuíta, una idéntica actitud.

—Pero si quiere usted convencerse venga usted conmigo a casa de ese nacional que yo conozco—concluyó diciendo el padre Jacinto.

—Muy bien. Voy con usted.