Se vistió Chamizo y marcharon juntos.

En el camino, el jesuíta le contó varias cosas. Según él, la matanza de frailes la había decidido la Junta del Triple Sello, asociación satánica formada por masones, isabelinos y carbonarios, pero dirigida principalmente por éstos. Para dar la señal de la matanza elevaron un meteoro, un globo de luz que brilló misteriosamente en el aire durante algún tiempo la noche anterior al día de los saqueos y muertes.

Esta historia del meteoro le parecía a Chamizo una fantasía ridícula y absurda, pero no dijo nada.


IV.
LA TÍA SINFO Y GASPARITO

Cruzaron el jesuíta y el ex claustrado la Puerta del Sol, y de aquí, por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre Jacinto quería ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena de una multitud andrajosa que se detenía en los puestos de verdura y de pescado. De aquí pasaron a la calle de las Velas y se detuvieron en una tienda donde vendían galápagos. Preguntó el jesuíta por la calle del Carnero, y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa. Se metieron en ésta y se encontraron con unas viejas prostitutas, gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus madrigueras. Una de las viejas tenía una pierna de palo y fumaban un puro. El jesuíta y don Venancio se desasieron de tan horribles furias, y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame, miserable; tenía un aire de aduar africano, sucio, quemado por el sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y de baches, y éstos, llenos de basura. Deambulaban por allí mendigos, lisiados, chiquillos héticos y lacrosos y mujeres harapientas con los ojos inflamados. Había en la calle dos o tres casas de dormir, y en un balcón de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartón, con los ojos brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.

La casa que buscaba el padre Jacinto era una casucha miserable, leprosa, con las paredes desconchadas y adornada con colgaduras de toda clase de harapos.

—Hay que preguntar aquí enfrente—dijo el jesuíta señalando una cacharrería.

Era la tienda un rincón con un escaparate de cristales, compuestos por mil parches de papeles mugrientos. Todo el género del comercio se reducía a unas cazuelas, unos botijos, unas nueces, unas frutas, unos caramelos de color y unas cometas de papel.