—¿Estará la señora Sinforosa?—preguntó el padre Jacinto.

—¿La echadora de cartas? Sí. Hace un momento que ha entrado.

—Bueno, vamos.

Entraron en un corredor muy largo y muy mal oliente, por el que corría una alcantarilla abierta; al final del corredor había un patio lleno de cosas sucias, y en este patio, una escalera que conducía a una galería medio derruída, con cinco o seis puertas negras de mugre y llenas de letreros. La última puerta, pintada primitivamente de rojo, era la de la señora Sinforosa.

Subieron a la galería; el curita llamó y apareció la vieja. Era una mujer horrible, con la tez amarillenta y verrugosa, los ojos claros, el labio inferior colgante, y la nariz como un pico, roja, como si la hubieran quitado la piel. Tenía la tía Sinfo el cuello muy corto, la cabeza muy metida entre los hombros, una peluca de dos colores y una mirada brillante, llena de sagacidad y de malicia, que lanzaba de abajo arriba. Aquella mirada aguda, cínica, de sus ojos claros, parecía que iba derecha a descubrir la cantidad de esencia de cerdo que cada persona guarda en el alma.

La tía Sinfo tenía una sonrisa tan falsa y tan obsequiosa, que daba miedo.

El jesuíta explicó a la vieja que quería ver a su hijo Gasparito, el Nacional.

—¡Gasparito!—dijo la tía Sinfo—. Está malo.

—No será obstáculo para hablar un momento con él.

—Ya veré—dijo la tía Sinfo—. Entraré a verle, a preguntarle si quiere hablar con ustedes. Espérenme ustedes aquí.