Entró ella y volvió al poco rato con un aire hipócrita y resignado.
—¿Qué dice?—preguntó el jesuíta.
—Dice que está muy débil. Ahora, claro, no trabaja, porque el taller donde trabajaba está cerrado por el cólera, y estamos muertos de hambre. ¡Si ustedes pudieran darnos para comprar medicinas y un poco de carne!
El jesuíta, a regañadientes, sacó un duro, y Chamizo, una peseta.
—¿Y no le podremos ver?
—Sí; si le da un acidente y se pone a hablar, entran ustedes conmigo; pero no le digan ustedes nada. Ha dicho el médico que no se le hable.
Esperaron un momento el padre Jacinto y el ex fraile, y en uno de éstos la tía Sinfo les dijo:
—Vengan ustedes. Está hablando.
Pasaron a un tabuco, en donde había un hombre joven tendido en una cama. Tenía los ojos en blanco y deliraba por lo bajo. Chamizo le oyó decir: