—¡Una!... ¡dos!... ¡tres!... ¡Adelante, nacionales!... ¡Adelante!... A la taberna de Balseiro... Aquí están Candelas... Paco el Sastre... la tía Matafrailes... Hay que matar a todos los frailes... Yo, no... Yo, no... ¿Quién lo manda?... La Junta del Triple Sello... Ahí está el escrito... Yo, no... Yo, no... ¡Vamos! ¡Vamos!... Ha aparecido el meteoro... El meteoro... ¡Cómo brilla!... Los están matando... ¡Qué horror! ¡Qué horror!... Les están cortando la cabeza... Ja..., ja..., ja...

Después de esta carcajada violenta, Gasparito dejó de agitarse en la cama y quedó, al parecer, en reposo. Luego comenzó de nuevo a delirar.

Al principio, Chamizo no se fijó mas que en el hombre enfermo; pero cuando dejó éste de delirar echó una mirada al tabuco donde se encontraba. Era, en grotesco, un rincón de brujería medieval. En aquel momento el escenario no estaba preparado. Los clientes de la tía Sinfo llegaban, sin duda, más tarde. De una ventana pequeña, con los cristales emplomados y compuestos con trozos de periódico, entraba una claridad turbia. El cuarto tenía colgaduras negras. En un rincón se veía una mesita con un tapete, también negro, y encima, una calavera, un libro y unas cartas; en la ventana, una jaula de caña con una gallina negra, y al lado, en una cazuela, un sapo grande con los ojos brillantes. Del techo colgaba un pequeño caimán disecado, sin duda comprado en el Rastro, y en un aparador aparecía una botella de aguardiente. Chamizo se dió cuenta de todo.

Dentro del abandono se notaba bienestar. Las mantas de la cama eran buenas.

—Estas brujerías deben dar dinero—se dijo.

—¿Quieren ustedes que les eche las cartas?—preguntó la tía Sinfo.

El jesuíta dió un respingo.

—No, no; muchas gracias.

Se despidieron de la tía Sinfo y salieron a la galería.

—¿No dudará usted?—dijo el jesuíta a Chamizo—. Este muchacho, en el estado que se encuentra, no habla con malicia.