II.
UNA LIBRERÍA DE VIEJO

El ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio ambiente madrileño, nuevo y extraño para él. La vida se le deslizaba de discusión en discusión. Discutía de política con los amigos de Aviraneta, que eran todos liberales; discutía de Filosofía y de Religión, y discutía, quizá con más entusiasmo que de otra cosa, de la gran cuestión literaria de la época, que dividía a la gente en clásicos y románticos. Naturalmente, Chamizo era de los clásicos y oponía a los nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Víctor Hugo las figuras ilustres de los poetas de la antigüedad.

Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros, en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al comienzo de la calle de la Paz, y era su dueño un viejo ayacucho, el señor Martín. El señor Martín era un hombre de unos sesenta años, de cara dura y torva. Había sido sargento en América y estaba enfermo de reumatismo crónico; al andar arrastraba una pierna.

El señor Martín solía estar con su mujer y un chico en el mostrador pegando hojas y pastas con engrudo; los días muy fríos se embozaba en su capa y encendía un brasero con astillas.

El señor Martín, que había empezado su comercio en un portal vendiendo unos cuantos papeles viejos, tenía muchos libros e iba mejorando sus géneros. En su tienda había desde incunables hasta romances de ciego.

Su mujer, la señora Balbina, sabía también bastante del oficio; pero el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un águila de la bibliografía era el aprendiz Bartolillo.

Bartolillo tenía una gran afición por los libros, y se enteraba de todo y cogía al vuelo lo que oía.

El señor Martín iba y venía de su puesto a las casas donde vendían libros, siempre cojeando, y traía carros de infolios y de papeles llenos de polvo, que iba depositando en un sótano próximo y luego llevándolos a la tienda y examinándolos.

El señor Martín vendía papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos, libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era el especialista.

A la tiendecilla solía ir mucha gente: criadas que compraban la historia del guapo Francisco Esteban, de José María el Tempranillo y de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendían los libros de texto; soldados que pedían una novela de amor, y bibliófilos que iban a buscar la edición de Salamanca de la Celestina, o la Lex romana Visigothorum.