También había en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde solían ir gentes de la vecindad: un zapatero remendón y un viejo memorialista que escribía las cartas a los aguadores y a las criadas, hombre muy seco, que tenía la cazurrería clásica del español, el señor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos, bibliófilos, periodistas, y solía haber largas discusiones.

Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros varios escritores. El más asiduo era don Bartolomé José Gallardo. Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y violento, lleno de saña y de cólera contra los demás literatos. Su acento, extremeño recortado, daba más dureza a sus palabras. Tenía mucho odio a los abates afrancesados, y había escrito por esta época un folleto titulado Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas a los gaceteros de Bayona, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir otro, Las letras de cambio o los mercachifles literarios, para atacar violentamente a Hermosilla, Miñano, Lista y Burgos.

Gallardo aseguraba que aquella época era la más baja de la historia de la literatura española, y que nadie sabía nada, cosa que se asegura en todas las épocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable con la gente que no podía ser rival suyo. Había visto la sagacidad y la curiosidad de Bartolillo, el chico de la librería, y le desafiaba y le mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las cogía al vuelo. Un día el padre Chamizo se encontró en la librería del señor Martín con un militar, Mac-Crohon, recién venido del extranjero. Este Mac-Crohon había sido muy amigo del abate Marchena, y quería recuperar algunos libros de historia del abate que no sabía adónde habían ido a parar después de su muerte.

Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acercó Aviraneta con dos señores: uno era don Bartolomé José Gallardo; el otro, el abogado de Burgos don José de la Fuente Herrero. Venían los tres discutiendo de política; decían que los liberales corrían un gran peligro por lo mucho que trabajaba el partido apostólico dirigido por la Sociedad secreta El Angel Exterminador.

—La masonería escocesa, a la que pertenecemos todos—decía Gallardo—, está desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.

—Esta es la fraseología de los masones—pensó Chamizo, y no hizo mucho caso de ello.

Saludó a Mac-Crohon, que unos días después le regaló un tomo de Lucrecio, que había pertenecido a Marchena, y se dedicó a ver las estampas de Brambilla y Gálvez, del Sitio de Zaragoza, y las litografías que habían hecho hacía unos años de los Sitios Reales y de los cuadros del Museo, bajo la dirección de Madrazo, algunos dibujantes y litógrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.

Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversación salieron de la librería, y Chamizo comenzó a hablar con Gallardo de bibliografía y de historia eclesiástica. Dieron un paseo por la calle de Alcalá, volvieron a la Puerta del Sol y allí se despidieron todos.

Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del Príncipe, un señor viejo se abalanzó a Aviraneta y le estrechó entre los brazos...

—¡Adiós, don Venancio!—dijo Aviraneta al ex fraile—. Me voy con este señor.