—Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello al primer reciénvenido.

—Es que yo no soy el primer reciénvenido—dijo irguiéndose el padre Jacinto—; soy la Iglesia.

Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al decir esto.

—De todas maneras—concluyó diciendo Chamizo—, yo para espiar no sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.

—Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo—replicó el jesuíta—. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.

Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.


IV.
SILUETAS DE CONSPIRADORES

Al día siguiente, por la tarde, don Venancio se encontró a Paquito Gamboa, el militar con quien había estado en el lazareto de San Sebastián, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta, entraron en el Café de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con un olor especial en que se mezclaban el aroma del café tostado, con el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes ajados de terciopelo.