El otro personaje era el masón Beraza. Beraza tenía un aire frailuno. Iba afeitado, tenía una calva hasta el cogote, la frente abultada y la nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto femeninos. Debía de ser un hablador frenético, porque constantemente se le veía perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa plácida y estólida.

Al cabo de algún tiempo salieron del café, en fila, los contertulios liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de capa y copa iban muy serios y ceñudos.

Al salir, Aviraneta le vió a Chamizo y se acercó a él.

—¡Hombre! Le voy a presentar a usted a estos señores.

—No, no.

—¿Por qué no?

—Usted anda ahí en su fregado revolucionario, que a mí no me conviene.

—¡Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.

—No; no soy de los de ustedes. Yo soy católico, apostólico, romano y monárquico, y ustedes son unos impíos, unos anarquistas, unos conspiradores...

—¡Ca, hombre! No haga usted caso. ¿Quién le ha metido a usted esas bolas?