El ex fraile dijo primero lo que le había contado Gamboa, y después le habló de la visita del jesuíta que había tenido el día anterior.

Aviraneta se quedó serio.

—Y usted, ¿qué va a hacer?—preguntó.

—Yo, nada. Yo no le voy a espiar a usted, que es amigo mío.

—Gracias, don Venancio. Lo que vamos a hacer es una cosa. Yo le daré a usted de cuando en cuando alguna noticia que sepa, y usted se la comunicará al curita ése.

—No me gusta el procedimiento. No sé qué traman ellos y qué traman ustedes.

—¿Nosotros? Muy poca cosa. ¿Sabe usted cuál es nuestro objeto? Pues es hacer una partida del trueno para asustar a los realistas y decidir al Gobierno a que nos acepten a todos en el ejército y en los ministerios.

—Mal camino han elegido ustedes.

—¡Qué quiere usted! Gente joven. Cabezas locas. Y hablando de otra cosa, ¿quiere usted que le diga a don Bartolomé José Gallardo que le envíe algunos libros raros? Se los enviará, porque yo responderé por usted.