—Usted será responsable, señor Aviraneta, si mi alma se pierde—dijo con energía Chamizo.

—Sí, es verdad.

Salieron los dos del café. Llegaron a la calle del Lobo, donde vivía don Eugenio.

—¿Le ha dicho a usted Paquito Gamboa qué día tenemos que ir a cenar a casa de Celia?—preguntó Aviraneta.

—No; ha dicho que nos avisará.

Se despidió Chamizo de don Eugenio, y se fueron cada uno a su casa.

Al día siguiente, en la librería del señor Martín, Gallardo dijo al ex fraile que Aviraneta le había hablado de él, y añadió que le pidiera los libros que quisiera, que él se los daría con mucho gusto.

—Si yo encuentro algo que le convenga a usted...—dijo Chamizo.

—No, no. Eso es demasiado para un fraile—contestó con sorna Gallardo—. A un fraile no se le puede pedir que dé nada; ustedes están hechos para tomar lo que les den. Ya sabe usted lo que decía el padre Barletta, el predicador de Nápoles, en su latín macarrónico: Vos quoeritis á me, fratres carissimi quómodo itur ad paradisum? Hoc dicut vobis campanae monasteri, dando, dando, dando.