—¡Bah, invenciones!
—No, hombre, no. El padre Barletta es el mismo que, contando la entrevista de Cristo con la Samaritana, dijo que ésta conoció en seguida que Cristo era judío porque vió que estaba circuncidado.
V.
LA CANCIÓN DEL TRUENO
A los tres días de esta conversación fué el padre Jacinto a casa del ex claustrado. Don Venancio se mostró con él bastante ambiguo, dándole a entender que haría lo posible para sonsacar a sus amigos los liberales, sin comprometerse formalmente a nada. El jesuíta proporcionó algunos trabajos, traducciones de documentos latinos; pero viendo después que las confidencias de Chamizo no le servían para gran cosa, dejó de visitarle. Solía ir Chamizo con frecuencia a ver a Aviraneta; le redactaba cartas y le traducía otras que le llegaban escritas en francés y en inglés.
Don Eugenio manejaba sumas respetables, tenía medios, aunque no los gastaba en sí mismo. A Chamizo le daba lo que le pedía, dinero que el ex fraile invertía en comprar libros y en comer bien, huyendo como de la peste del comedor de doña Puri para los caballeros estables.
Alguna vez le enviaron cartas a su nombre para entregárselas a Aviraneta, cosa que le hizo poca gracia, porque comprendía que allí se encerraba algo sospechoso.
Aviraneta le aseguró un día que no había nada oculto.
—Bueno; pues para convencerme—le dijo Chamizo—, enséñeme usted una carta de éstas y déjemela leer.