Le enseñó Aviraneta la carta; no se podía leer nada, lo que hizo pensar a Chamizo que estaba escrita con alguna clave.
—Bueno, don Eugenio—dijo el ex fraile—. Haga usted el favor de decir que no me envíen cartas así.
Aviraneta lo prometió, y, efectivamente, no se las volvieron a enviar.
Siempre le quedaba a don Venancio la curiosidad de saber qué hacía Aviraneta, con qué gente trataba y a qué casas iba.
Un día que estaba el ex fraile traduciendo unos trozos de una obra de Jeremías Bentham, en casa de Aviraneta, para Flórez Estrada, vió a don Eugenio sentado a la mesa ante un papel lleno de tachaduras.
—¿Qué diantre hace usted?—le dijo—. ¿No estará usted haciendo versos?
—Haciendo versos estoy.
—¡Usted!
—Sí. Parece que me cree usted absolutamente incapaz de hacer una copla.
—La verdad... Así es. Le tengo a usted por un hombre negado para eso. Pero, ¡quién sabe! Quizá sea usted un lord Byron o un Quintana. ¡Vamos a ver esos versos!