—Ya sé que le parecerán a usted mal—dijo don Eugenio—. Son versos de circunstancias hechos para cantar con la música del Al tun, tun, y para uso exclusivo de la gente del Trueno.

—No conozco ni ese Al tun, tun, ni ese trueno.

—El Al tun, tun es una musiquilla popular que no tiene nada que ver con Mozart, ni con Rossini. Respecto a la partida del Trueno, el otro día le hablaba a usted de ella...

—No recuerdo. He oído hablar del Trueno, de estudiantes nocherniegos y calaveras...; pero no creí que eso tuviera ninguna organización.

—No la tiene, pero a mí se me ha ocurrido darle un aire de organización, y de cuando en cuando uno de estos oficiales ilimitados, con quince o veinte amigos, van de ronda por los Barrios Bajos y se les reúnen algunos menestrales de nuestras ideas, y dan, de Pascuas a Ramos, un estacazo a un carlista enemigo y gritan por las calles: «¡Mueran los carlistas! ¡Viva la Constitución!» Cuando hacen alguna cosa de éstas se dice: «¡Es la partida del Trueno!» Al mismo tiempo, cuando se reúnen en los cafés poetas, periodistas, ex guardias de Corps, liberales y militares indefinidos, y hablan a gritos, y riñen, y salen embozados en sus capas hasta los ojos, se dice: «Es la partida del Trueno». Y esta partida del Trueno hace mucho ruido y no es nada. Se asegura que son jóvenes liberales exaltados de la aristocracia y de la clase media; se ha hablado de que con ellos anda Candelas, el ladrón... Con esto los realistas se asustan y creen que tienen un enemigo mayor.

—Es usted un farsante, amigo Aviraneta.

—No se puede aspirar a ser político sin ser un poco granuja, padre Chamizo. Todo político empieza por ser un pillastre. Yo acepto la pillastrería necesaria, íntegra; tomo un baño de picardía y sigo adelante.

—¡Oh! Usted no necesita eso. Tiene usted bastante bilis y bastante mala intención para desafiar el veneno de los escorpiones y de las víboras.