—Si no ha tomado usted café le traeré una taza—indicó Tilly.
—Lo he tomado; pero no tengo inconveniente en tomar más—contestó don Eugenio.
Salió Tilly. Aviraneta se puso a contemplar la sala y las pinturas de las paredes. La sala era rectangular, las paredes tenían mediascañas doradas y el suelo era de mármol. El techo estaba lleno de pinturas con guirnaldas, angelitos y frutos, y en medio, una ninfa subía por el aire entre nubes, con un ademán elegante y amanerado. Había pocos muebles para el tamaño del salón: una consola y un sofá, los dos rococos, muy llenos de conchas y agrietados por todas partes; varias sillas doradas y unos sillones.
En las dos paredes largas había pintadas: en una, la vista de Nápoles, con el Vesubio en el fondo; en la otra, la villa de Amalfi, tomada desde el fondo de una gruta. En los testeros se veían: en uno, la ciudad de Capri, con las ruinas del palacio de Tiberio, destacándose sobre grandes montes pedregosos, y en el otro, la abadía de Vallombrosa, con su torre antigua, al pie de unas montañas llenas de pinos. Estas pinturas al temple, rápidas, abocetadas, descascarilladas por el tiempo, tenían su gracia amanerada.
Tilly, al traer una cafetera y una taza, que colocó en un velador, dijo:
—¿Mira usted las pinturas de mi salón?
—Sí.
—No valen gran cosa, según dicen.
—No, como pintura, no; pero como literatura, sí.
—Celebro que me lo diga usted.