—¿Por qué?

—Porque yo me suelo entretener muchísimo mirando estas figuras. ¿Querrá usted creer que a veces me enternezco pensando en esta pastorcita que hay aquí en Capri, y voy a pescar con estos marineros de Nápoles, y paseo con los frailes en la terraza de este convento de Amalfi?

—No me choca; ese sentimentalismo de cabeza es muy propio del hombre terne.

Don Eugenio llenó la taza de café y encendió un cigarro.

—Ahora, maestro y compañero número tres—dijo Tilly—, dejémonos de sentimentalismos y de pinturas, y cuénteme usted los comienzos de su Sociedad, para que pueda estar en todos los detalles.

—¿No le hablé a usted en Ustáriz—preguntó Aviraneta—de un plan que tenía, al llegar a España, de constituír una Sociedad secreta en que se fundieran masones, comuneros y carbonarios para defender la libertad?

—Me habló usted algo, pero muy vagamente—contestó Tilly.

—Este proyecto, que entonces yo llamaba la Sociedad del Triple Sello, se lo expuse a Mina en Bayona, y Mina quedó de acuerdo.

—¿Tenía usted un programa político definido?