—No. Eso lo dejaba para los hombre notables que entraran en la Sociedad—replicó Aviraneta—. Mi proyecto era sencillamente fundar una Sociedad secreta sin simbolismos; nada de mojigangas, ni de columnas, ni de templos, ni de majaderías por el estilo: una organización fuerte, una vigilancia grande entre los afiliados y un programa mínimo.

—Es dar a la Sociedad secreta el carácter del tiempo—murmuró Tilly.

—Eso es—y Aviraneta llenó otra taza de café—. Respecto a mi orientación general era llegar al máximo de liberalismo compatible con el orden, exterminio del carlismo por todos los medios posibles y Constitución del año 12, modificable en parte si se consideraba necesario.

—Bueno. Ahora, maestro, explíqueme las gestiones que fué usted haciendo al llegar a Madrid.

—Al primero que hablé fué a don Bartolomé José Gallardo.

—¿Al escritor?

—Al mismo. Gallardo me dijo que había tenido una idea parecida a la mía; pero que le enfriaba el ver que aun quedaban odios y rivalidades entre los masones y los comuneros de 1821 a 23, y más aún, el recuerdo de esta Sociedad comunera, cuya base él había establecido, y que gracias a los manejos de Regato había servido a los absolutistas. Yo traté de convencerle de que hay que repetir las experiencias, y él me dijo que lo intentara yo.

—Una pregunta: ¿Tenía usted dinero?

—Sí; traje algo de Méjico.