—Lo siento por usted. También es amigo mío.
—Yo le conozco mucho, y no sólo no me ha hecho daño, sino que me ha protegido—dijo Leguía.
—Lo creo, lo creo. El señor Aviraneta sabe proteger. Quizá sea usted también de su cuerda.
—Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos. Usted puede hablar de él con completa confianza.
—¿Le interesa a usted el señor Aviraneta?
—Sí. Mucho. ¿Usted ha tenido algunas relaciones con él?
—Sí.
—Me gustaría que me contara usted eso.
—Pues yo le contaré a usted lo que sé de él, con una condición.
—Veámosla.