—Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.

—Muy bien. Acepto. Usted elegirá en qué sitio.

El padre Venancio vaciló; no sabía si sería mejor ir a la Fonda de la Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle del Espíritu de las Leyes.

Por fin se decidió por esta última, y dijo que vendría a buscarme al Hotel de Ruan, donde yo paraba.

Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargué la cena en un gabinete reservado.

El padre Chamizo comió y bebió como un templario. Después de tomar café y unas copas de licor, me dijo:

—Ahora, para aligerar la lengua, mi querido señor Leguía, pida usted una botella de vino más. Es una mala costumbre antigua que me queda.

—¿Del convento?

—No, no. Parece mentira que diga usted eso, señor Leguía. ¿Es que usted también es enemigo nuestro? ¿Será usted un volteriano?