—Un tanto.
—¡Qué error, amigo mío! ¡Qué error!
—¿Y qué quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?
—No; ahora, Jerez...; sí, Jerez...; la beberé por patriotismo. Lejos de la patria, estas cosas se estiman más. La última la bebí en compañía del señor Usoz y Río, el cuáquero. No sé si le conocerá usted.
—Sí. ¿Y él bebía?
—No, él, no. ¿Adónde vamos a ir a parar? ¡Un cuáquero español! ¡Qué absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de España. ¡Hablar mal de un país que produce este vino!—exclamó, llenando la copa de Jerez, mirándola al trasluz y vaciándola de un trago.
—Realmente es no tener sentido.
—Ninguno, señor Leguía, ninguno.
—Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atención.