—Ustedes mismos, que no creen en la inmortalidad del alma, pretenden la de la historia.
—No, no. Yo, no—repuso Tilly.
—Yo tampoco—replicó Aviraneta—. No me ocupo, no me importa el pensar que dentro de cien años haya un buen señor que descubra mi nombre y se ponga a estudiar mis andanzas. No me preocupa eso absolutamente nada.
—No le creo a usted.
—Como usted quiera. Ahora mismo mi preocupación es lo que tengo que hacer al salir de aquí, lo que haré esta noche, mañana, pasado. El año que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para mí.
Después de discutir este punto, que, naturalmente, no se esclareció, Tilly propuso el empleo de un vocabulario especial para el Triángulo, con cincuenta o sesenta palabras convenidas, que les permitiera hablar entre gente sin que nadie se enterara.
Se aceptó la idea, y como Tilly había hecho ya la lista de palabras y sus formas de sustitución, se examinó esta clave, se rechazaron algunas palabras y se aceptaron las demás.
Se decidió que cuando uno quisiera pasar de la conversación corriente a la conversación con clave preguntara:
—¿Y el cónclave, qué tal va?