A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente andaba por las calles sorprendida y perpleja, reuniéndose en grupos, hablando y haciendo cábalas; todo el mundo creía que iba a ocurrir algo, aunque no se figuraban qué.

Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y después por los cafés de la calle de Alcalá, el de la Estrella, el de Los Dos Amigos y el Café Nuevo. En éste se hablaba a gritos contra el rey muerto.


II.
LA TABERNA DE LA BIBIANA

Aviraneta y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban allí reunidos Nogueras, del Brío, Gamundi y algunos otros jóvenes de la Isabelina, casi todos militares indefinidos y bullangueros.

Entre ellos se destacaba un hombre de más de cuarenta años, que parecía hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista hambrón, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.

Toda la caterva liberal entró en un cuarto grande que comunicaba con la cocina. Dos quinqués de petróleo iluminaban este comedor, que tenía una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Brío se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la Pinta y la Cascarrabias, con las que estaban amancebados y a las que habían llevado a comer.

Eran dos manolas, las dos a cuál más desvergonzadas en el hablar. Vestían mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pañuelo de color al pecho, y guardapiés. La Pinta era rubia, y la Cascarrabias, morena, medio gitana.

Del Brío hacía buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz, presumido y fanfarrón; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este ambiente.