Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y había vivido, en su juventud, en Inglaterra. Era de pequeña estatura, rubio y un poco zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le llamaba el Zambete.
—¡Hola, Zambete!—le decía.
—¡Hola, Vinagrete!—le contestaba él en broma.
Tenía Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas; la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.
Con las mujeres tenía una galantería inofensiva y aparatosa. El culto de Baco le había hecho olvidar otros cultos paganos. La Cascarrabias, su querida, le insultaba constantemente.
—¡Desaborío! ¡Arrastrao! ¡Escarríao!—le decía.
Gamundi oía esto como quien oye llover.
Se habló en la cena de mujeres y de juego y se bromeó con las manolas.
—Como habrá usted notado—le dijo de pronto Gamundi, confidencialmente, al padre Chamizo—, yo soy hombre sin ningún talento.
—No, no.