—Sí, no tengo ningún talento. Corazón, sí; aquí hay un corazón firme, capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted más. No pretenda usted que haga cuentas o que sepa declinar: Musa musae. Eso, no. Está en contra de mis aptitudes.

Al concluír la cena, Gamundi se levantó, y, tomando una actitud gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para él no había mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.

—Olvidas la botella—le dijo uno.

—No la olvido—gritó Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando el vaso—. ¡Escuadrones! ¡Adelante! ¡Viva España! ¿Quién ha dicho retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe quedar un realista.

—Has hablado bien—dijo Nogueras, el piojo sabio—, pero estás borracho.

—Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el Himno de Riego. Me rebosa el liberalismo.

¡Soldados, la patria

nos llama a la lid!

—¡Gamundi, a callar!—gritó Aviraneta.

Aviraneta tenía sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi hizo un gesto de resignación cómica, apretando con los dedos un labio contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.