Mansilla y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la Puerta del Sol, delante de la sombrerería de Aspiroz.
Aviraneta se despidió de Chamizo y se unió con sus compañeros del Triángulo, y los tres juntos tomaron la dirección de la calle del Arenal.
Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oñate; subieron una escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala donde había reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos. Era un salón grande y vacío con balcones, y unos ventanales cuadrados encima de ellos.
Iba entrando poco a poco más gente. Llegaron a congregarse hasta unos cien individuos de todas castas y pelajes; los había elegantísimos, currutacos con aire de figurín, y tipos mal vestidos, abandonados y sucios.
Tilly y Mansilla conocieron a Donoso Cortés, a los dos Carrascos, a Cambronero, al médico Torrecilla, a Valero y Arteta, a Martínez Montaos. Por su parte, Aviraneta encontró allí a media Isabelina; estaban Gallardo, Calvo de Rozas, Fuente Herrero, Calvo Mateo, Beraza, y una porción de militares de graduación, oficiales de la Guardia Real y jóvenes lechuguinos de bigote y perilla.
Aviraneta se acercó disimuladamente a Tilly.
—Amigo Uno. ¿El cónclave, qué tal va?
—Bien, muy bien. Vamos trampeando.
—Y los cucos (cristinos), ¿por qué no empiezan?
—Parece que hay cierta decepción entre ellos.