—No, porque me prenderían en seguida. Hay que sujetar a los cristinos. Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. ¡Adiós, señores!
—¡Adiós!
Entraron Aviraneta y su acompañante en la sombrerería de Aspiroz. La noche parecía presentarse tranquila. Seguían los grupos estacionados en la Puerta del Sol.
En esto pasó Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte del rey, y que se veía que nadie tenía nada preparado.
Salieron de la sombrerería en dirección a la calle del Arenal y se cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Cortés y sus amigos, que iban a la reunión.
—¿Decididamente, usted no viene?—dijo Aviraneta al ex fraile.
—Decididamente, no voy.