—Iría si yo fuera liberal, pero no lo soy.

—Bueno; como usted quiera.

En esto se les acercó un sujeto de unos cincuenta años, que Aviraneta presentó al ex claustrado. Era don Martín Puigdullés, coronel de carabineros, llegado de la emigración, una mala cabeza, que el Gobierno perseguía para llevarlo a un presidio de Africa.

El señor Puigdullés iba con una mujer de mantón bastante zarrapastrosa.

—¿Qué hay de nuevo, Aviraneta?—preguntó Puigdullés.

—Ya sabe usted: la muerte del rey.

—¿Va usted a la reunión?

—Sí. ¿Cómo sabe usted que hay reunión?

—La idea ha partido de nuestro grupo del café de la Fontana. Estábamos Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se ha enviada recado a los Carrascos, y éstos han contestado que están conformes, y que la reunión se verificará en una casa de la calle del Arenal, cerca del palacio de Oñate.

—¿Usted va ir, Puigdullés?