Pues los nuestros están alarmados. Me han dicho que Flórez Estrada, Palafox y Olavarría van a pasar la noche en claro, y que el peligro para los ilusos (liberales) es inminente.
—¡Bah!
—Sin embargo. Conviene decir que estamos en peligro.
—Eso es otra cosa. Se dirá—murmuró Tilly.
—Sabe usted que me están invitando para que hable en nombre de los jóvenes ilusos (isabelinos).
—¿Y usted, qué va a hacer?
—No sé. A usted, ¿qué le parece?
—¡Hombre!, eso tiene que depender de la fuerza de que disponga. ¿Tiene usted fuerza y gente alrededor y puede hablar de una manera clara y terminante? Hable usted. ¿No tiene usted confianza? No diga usted nada.
A las diez, los cristinos iniciadores de la reunión, después de muchos cabildeos, dieron como comenzado el acto. Se trajo un velador con dos candelabros al medio de la sala, y se sentaron, presidiendo la mesa Cambronero y Donoso Cortés, los dos muy guapos, muy currutacos y peripuestos, y don Rufino García Carrasco, que era un tipo más vulgar, grueso, pesado, de barba negra, uno de esos extremeños, como dice Quevedo, cerrados de barba y de mollera.