La gente del público, los que pudieron cogieron sillas para sentarse, y quedaron de pie unas treinta o cuarenta personas.

Entonces el abogado Cambronero tomó la palabra y explicó el objeto de aquella reunión. Vino a decir de una manera florida que era necesario apoyar al Gobierno, a la Reina gobernadora y a la inocente Isabel, y que todos los reunidos allá debían colaborar a tan santo fin. Hablaron después dos abogados diciendo, poco más o menos, lo mismo; habló Gallardo, con su acento extremeño y su intención mordaz; luego, los Carrascos, y, por último, Donoso Cortés, de una manera pomposa.

Aviraneta estaba muy inquieto.

—¿Qué le pasa a usted?—le dijo Mansilla.

—Esto es estúpido—exclamó—. Están divagando de una manera ridícula sin aclarar la cuestión principal.

—Hable usted—le dijo Calvo de Rozas.

—Creo que no debe usted hablar—le advirtió Mansilla—; está usted exaltado y se va a comprometer.

Otros individuos de la gente de mal pelaje invitaron a Aviraneta a que hablase. El se levantó y gritó:

—¡Pido la palabra!

—Tiene la palabra el señor... el señor Aviraneta—dijo Carrasco.