—Entonces se ha comprometido usted inútilmente.
—Es lo que yo supongo también. ¿Y qué efecto ha hecho mi discurso?
—Un efecto tremendo de sorpresa. Todo el mundo preguntaba: «¿Quién es ese hombre?» Y algunos palaciegos dijeron que debía usted ser un carbonario y que a gente así no se debía permitir la entrada en sitios donde se reúnen personas discretas.
—¿Así que he pasado por un insensato?
—Por un completo insensato.
—¿Y para usted?
—Hombre, yo ya sabe usted que creo que la fortuna es donna y que hay que violentarla. Muchas veces un loco o un iluso van mucho más lejos que el primero de los maquiavélicos.
Era esta cuestión suscitada por Tilly, la única que en aquel momento podía distraer a Aviraneta de sus preocupaciones, y se enzarzaron los dos en una larga discusión.
Tilly había llegado a pensar que el maquiavelismo era ilusorio.
—El maquiavelismo falla, porque tampoco es lo práctico—dijo—. Es lo práctico en teoría, y nada más.