—No, no, amigo Uno.
—Maquiavelo engaña, parece un genio de la práctica y es más bien un teórico de la práctica. Yo creo que el arte de conspirar, el arte de crear pueblos y de sublevarlos no tiene reglas, como no las tiene el arte de esculpir, ni el de escribir, ni el de pintar.
—Sin embargo...
—No lo creo. Sobre el impulso, sobre la intuición, no se pueden dar reglas como sobre la manera de hacer relojes. En política se necesita el genio, la ocasión, el momento, y una porción de condiciones más que no están en la mano del hombre.
Aviraneta no estaba conforme y presentaba argumentos.
Esta mecánica de la política les apasionaba a los dos, y discutieron a César, a Catilina, a Carlos V, a Catalina de Médicis, a Robespierre, a Napoleón y a Talleyrand.
Estaban enfrascados en su conversación cuando se les acercó un desharrapado completamente borracho.
—¡Salud, señores!—les dijo con una voz aguardentosa—. Veo que son ustedes gente de labia que no se avergüenzan de reunirse con los pobres.
—Ni con los ricos tampoco—le contestó burlonamente Aviraneta.
—Así me gusta a mí la gente. ¡Terne!—exclamó el borracho—. Porque aquí lo que hace falta, sabe usted, es que mismamente haiga hombres... eso... y no andarse con andróminas ni con tiquis miquis... ¿Es verdad o no es verdad, tú, Manco?